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¿Por qué trabajamos? Doce razones para levantarse de la cama

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Artículo de: Reinventorio®, hacemos la línea de la vida.  Es un gráfico que resume los “highs & lows” de  la historia personal y profesional de cada uno, poniendo en perspectiva las decisiones importantes que hemos tomado: qué cambios fueron decisivos, cuál fue la llave que, sin saberlo entonces, abrió un nuevo camino, cuál resultó -al menos hasta ahora- un dead end. Qué patrones encontramos en nuestros momentos de cambio: qué nos asusta, qué nos hace postergar una decisión, qué la acelera.

Al mirar ese mapa, encontramos que en lo laboral, nos guían algunas motivaciones cambiantes y otras que permanecen a lo largo del tiempo. Voy a listar doce, las más importantes o más frecuentes. Cada una está ligada a un arquetipo. ¿Los reconocés? 

Uno. Logros o desafíos. Nos gusta sentirnos desafiados, saber que contribuimos a resolver un problema difícil o que parece estar lejos de nuestras posibilidades, pero que después conseguimos resolver. Nos estiramos. Bajo este mismo paraguas cabe pensar también la posibilidad de aplicar nuestra creatividad.  Cuando no podemos hacerlo, nos parece que todo es chato, como en blanco y negro, que nos aburrimos. Sentimos que nada tiene adrenalina. 

Dos. Dinero y equivalentes directos. Es el factor necesario pero no suficiente más importante. Es a veces  la excusa que legitima una decisión de irse a otro lado y otras, la que legitima la de quedarse. Aunque por debajo se escondan otros motivos más complejos y menos asequibles, el factor económico permite racionalizar una decisión y suele ser una razón que nadie se atreve a discutir cuando la esgrimimos. El factor dinero, sin embargo, no debería menospreciarse per se. Es lo que nos permite sabernos autosuficientes, lo que nos da el pasaje a la adultez real y nos da independencia. Toda independencia empieza por la autonomía financiera. A veces, no es la cantidad lo que nos motiva sino su constancia: la seguridad de saber que tendremos un  sueldo a fin de mes. Muchas veces, es cierto, también lo usamos para ocultar insatisfacciones más profundas, o para anestesiarnos con el consumo. Y como ya lo descubriera Frederick Herzberg hace décadas, un aumento de los ingresos causa mucha satisfacción en el corto plazo, pero esa satisfacción raramente dura en el largo. 

Tres. Aprendizaje. Amamos esos trabajos en los que aprendemos cosas nuevas, en los que sentimos que se ensanchan nuestros horizontes. Amamos sentir que adquirimos maestría en algo. O amamos reinventarnos cada tanto para empezar de cero.  En cualquier caso, no nos asusta no saber, porque todo viaje de aprendizaje empieza en la estación en la que reconocemos y declaramos nuestra ignorancia. Adscribimos a la idea del longlife learning. Nos reconocemos como aprendices eternos. 

Cuatro. Pertenencia. ¿Alguna vez pensaste que no podías irte de un lugar porque te sentías querido/a, o porque la pasabas bien con la gente, porque el ambiente era buenísimo, o porque te sentías parte?  Pertenecer a un grupo, tener códigos compartidos, intereses similares, haber cultivado amistades o amores en el lugar de trabajo levanta las barreras para salir. Somos seres sociales.  También aquí operamos cuando sintonizamos bien con la cultura de la empresa, cuando nos parece que no podríamos trabajar en otro lado. Compartimos valores.

Cinco. Reconocimiento y orgullo. Y sí, seguimos necesitando ser vistos, apreciados y aplaudidos. El éxito es tener muchos seguidores o likes… o que nuestros clientes nos manifiesten que están contentos con nosotros, o que nuestra jefa nos diga que hicimos un buen trabajo o que somos muy importantes para ella. También operamos bajo este motor cuando nos preguntan a qué nos dedicamos o dónde trabajamos y se hincha nuestro ego antes de contestar. Son los momentos en que nuestro trabajo contribuye a hacernos sentir importantes, sea por nuestra especialidad, por nuestro rol, porque la empresa para la que trabajamos es reconocida por algo, o porque estamos haciendo alguna cosa que nos parece relevante. En todos estos casos, nuestra identidad profesional nos satisface.

Seis. Liderazgo. Ojo, liderazgo no es tener personas a cargo y dar órdenes. Una persona motivada por el liderazgo se siente feliz poniendo claridad donde antes había caos, mejorando procesos y formas de trabajo, inspirando a los otros, generando un lugar donde hay reglas claras y conversaciones productivas, donde las personas se coordinan de de manera impecable y donde su acción contribuye a hacer que el sistema funcione mejor.

Siete. Equilibrio vida-trabajoAutonomía. Queremos una vida profesional interesante pero que no sea el único motor de la existencia. Creemos que lo más importante de un trabajo es que nos brinde grados de libertad para poder poner nuestra impronta y también para poder desarrollar en paralelo otros intereses. No siempre van de la mano, aunque frecuentemente si somos capaces de tener balance es porque tenemos autonomía. Podemos tenerla trabajando por nuestra cuenta, o fundando una empresa, pero también teniendo un jefe que nos deje volar, trabajando en una empresa en la que podemos llevar adelante nuestros sueños. El balance entre vida y trabajo (como si fueran dos cosas distintas) es una búsqueda permanente.

Ocho. Poder. En algunas organizaciones, como las gubernamentales, las políticas, las ONGs, o las universidades y centros de investigación, la moneda de cambio no es el dinero sino el prestigio. Y en esos ámbitos las lides suelen ser incluso más crudas que donde el dinero es mediador y catalizador. En ellas, es más poderoso quien consigue más influencia, quien tiene  más jerarquía o quien tiene acceso a figuras importantes. Saber manejarse políticamente y a la vez no tener miedo al conflicto es el recurso clave con el que cuentan quienes están motivados por el poder.

Nueve. Posibilidad de dejar un legado, enseñar. A medida que avanzamos en la carrera, y que crecemos en edad, empezamos a estar más seguros, a sentir que queremos transmitir lo que aprendimos, a no necesitar un  guión para hablar, a pensar que lo que hicimos o sabemos es suficiente, es valioso y merece ser transferido. Nos sentimos fluir cuando podemos transmitir un mensaje, inspirar a otros a ir más allá, cuando operamos como mentores, como coaches o como docentes.

Diez. Hacer Carrera. Cuando nos motiva la carrera, operan los badges, los premios y los reconocimientos que nos van llevando de escalón en escalón. No es que nos motive particularmente el dinero o el reconocimiento, sino que nos sentimos cómodos cuando las escalas son claras y  opera la meritocracia.  “Yo empecé de abajo”, decimos con orgullo. Recorremos los ambientes corporativos fluidamente, hasta que alguien nos dice que otro con menor antigüedad y no tantos logros como nosotros va a ocupar  la posición de nuestro jefe. La carrera, en esta modalidad, siempre es ascendente y está marcada por hitos de mayores responsabilidades y puestos de más jerarquía.

Once. Redes. Hay roles u organizaciones que son valiosas porque representan una puerta hacia otras personas u organizaciones a las que personalmente no podríamos llegar. En quienes son muy conscientes del valor de un buen capital social, un trabajo que los expone, les da visibilidad, que abre puertas a personas de prestigio en una disciplina, o simplemente a referentes de ambientes diferentes a aquel en el que estamos, puede posibilitar una palanca que acelere el paso a la siguiente etapa o la concreción de otro proyecto diferente. Suelen ser buenas formas de pensar una transición a algo muy distinto.

Doce. Propósito. Cuando queremos que lo que hacemos contribuya en algo a mejorar el mundo, aunque el mundo sea nuestra pequeña comunidad, o un grupo de interés particular. El caso es que necesitamos saber que nuestro trabajo tiene impacto, y que ese impacto está alineado con lo que nos importa de verdad. El motor aquí es sentir que nuestra misión interna está alineada con la misión de la empresa para la que trabajamos o que estamos abriendo el camino hacia lo que de verdad sentimos valioso. Dejar huella.

Las motivaciones listadas aquí no son más que la reagrupación de las razones encontradas por los teóricos clásicos enfocados en el contenido (Maslow, McGregor, McClelland, Herzberg, Schein) y otros más modernos (Norhia, Pink). 

Durante todo el siglo XX y en los primeros años de este, al pensar en las carreras laborales, nos veíamos sesgados a pensar en términos de carrera corporativa, en las que se entraba al salir del colegio secundario o de la universidad, y se salía en la jubilación. Y la vocación consistía en encontrar y seguir ese llamado interno que debía coincidir con alguna de las carreras universitarias. Hoy, felizmente, las nuevas maneras de pensar el trabajo nos ponen frente a la lista de motivaciones que desplegamos más arriba, con otra mirada, más libre y menos exigente en cuanto a lo que le pedimos a nuestras ocupaciones. 

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