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Por qué siempre tienes la sensación de ‘no estar haciendo suficiente’

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¿Cuántas personas, sobre todo en esta época de teletrabajo, no han trabajado hasta tarde para terminar un “proyecto urgente” que no podían aplazar? Lo que estas situaciones tienen en común es esa vocecita interior que nos empuja a querer acabarlo todo e incluso hacer más, cueste lo que cueste. Y el sentimiento de culpa que experimentamos si ignoramos esta vocecita. Este sentimiento, que muchos empleados conocen, nos convence de que no estamos haciendo lo suficiente y nos lleva a dedicarnos cada vez más al trabajo, hasta el punto de olvidarnos de nosotros mismos. Pero, ¿cuáles son las causas de esta carrera por la productividad? ¿Existe alguna forma de escapar de la presión, o como mínimo lidiar con ella, de una forma saludable para no acabar pagando las consecuencias?

¿De dónde proviene el deseo de ser cada vez más eficaz?

De la presión impuesta a la autoexigencia

Para explicar esta obsesión por la productividad, Bénédicte Berthe, doctora en Economía, hace referencia a Herbert Marcuse. Según ella, este sociólogo de la Escuela de Fráncfort, que ofrece una visión marxista de la sociedad patriarcal de los años 50, explica muy bien cómo hemos sido moldeados por una educación basada en la obediencia. Así pues, Berthe afirma que esta presión proviene “de la relación con nuestros padres, después con los maestros, con el cura y, por último, con nuestros jefes”. Asimismo, en el pasado, la presión institucional obligaba a los trabajadores a tener un rendimiento individual que siguiera el ritmo de las máquinas. Esto fomentaba una visión muy particular, que se reflejaba sobre todo en el hecho de cronometrar el tiempo en las fábricas y cadenas de producción.

¿Ha cambiado la situación hoy en día? La economista explica que ha habido un cambio de paradigma: “Aunque la presión del ritmo de las máquinas sobre los seres humanos ha desaparecido, la presión mental se ha mantenido, hasta el punto de convertirse en una forma de autoexigencia en el trabajo”.

El sentimiento de culpa en el trabajo: ¿un mal necesario?

La experta explica que la base de esta autoexigencia es el sentimiento de culpa: “Este sentimiento está relacionado con las expectativas sociales: en primer lugar, las de nuestros padres y, después, las de las instituciones y el grupo al que pertenecemos. Las integramos de manera inconsciente y nos adherimos a ellas”. En la actualidad, por ejemplo, estas expectativas pueden provenir de la cultura corporativa: las reglas y los valores de la empresa, a los que nos adherimos y con los que podemos identificarnos, explican parcialmente nuestro grado de dedicación personal al trabajo. “El simple hecho de no compartir los mismos valores activa una pequeña señal, como un ligero malestar que genera un reajuste del comportamiento”, analiza la economista. “A lo largo de la historia, hemos visto ejemplos de este tipo de procesos en la iglesia, por ejemplo, que es capaz de manipular el sentimiento de culpa institucionalizado a través de los pecados”.

Positivo y negativo a la vez

Según Berthe, este sentimiento de culpa es tan indispensable para la vida en sociedad que es peligroso. Es cierto que contribuye a hacer respetar las normas sociales y las reglas de la vida en comunidad, pero todo depende de hasta qué punto se lleve. “Si alcanza cierto límite, la culpa puede agobiarnos, llevarnos a rumiar los problemas, generar sufrimiento y volverse nociva”.

Fuera de un contexto de crisis sanitaria, la percepción social que muchas personas tienen del desempleo es uno de los ejemplos en los que se reflejan estas consecuencias: “A menudo, nos sentimos culpables por ser la persona que no trabaja, que no es productiva. De este modo, las personas desempleadas pasan con frecuencia de ser víctimas a sentirse culpables a pesar de estar sufriendo por su situación. Todo esto ocurre porque el trabajo forma parte de las normas fundamentales de nuestra sociedad”.

¿Por qué esa sensación de no estar haciendo bastante?

Las razones psicológicas

La psicología laboral ofrece una explicación totalmente diferente a la tendencia a pensar que nunca hacemos lo suficiente y que debemos esforzarnos más: la falta de reconocimiento. Para sentirnos realizados, hay dos aspectos principales que necesitamos satisfacer, el afectivo y el social. El aspecto social viene representado por el trabajo, que es el lugar por excelencia para alcanzar nuevos logros. “En la esfera profesional, nuestra búsqueda de superación requiere que se reconozca nuestra utilidad, y en una empresa, es nuestro superior quien suele reconocerla”, explica Marilyne Poirieux, psicóloga laboral.

Así pues, esperamos que exista una “recompensa simbólica” (que para algunos es más importante que la recompensa económica) que destaque la “utilidad” de nuestro trabajo. “El trabajo es una forma de existir ante el mundo, es por ello que nos comprometemos en un nivel subjetivo. En la actualidad, a pesar de las leyes y la buena calidad del trabajo realizado, es poco común que nuestros superiores nos recompensen simbólicamente. Siempre se insiste más en lo que se ha hecho mal y casi nunca se habla de lo que está bien”, lamenta la psicóloga.

El problema es que cuanto menos recibimos este tipo de recompensas, más tendemos a esforzarnos por obtenerlas. “Podríamos comparar esta situación con un amor imposible: deseamos algo que no siempre podemos conseguir. Por eso la gente tiene la sensación de no hacer lo suficiente y se esfuerza excesivamente en el trabajo”.

Un sentimiento acentuado por el teletrabajo

En nuestro deseo de superación, además del reconocimiento a nuestra utilidad, existe otro criterio al que somos aún más sensibles. Se trata del juicio expresado por nuestros compañeros y todas aquellas personas que conocen bien nuestro trabajo y que, por lo tanto, pueden juzgar su calidad. “Es una valoración de cómo ‘hacemos’ las cosas. Es fundamental, porque lo extrapolamos al ‘ser’. Es decir, si lo que hago está bien, significa que lo que soy también lo está”. Conversar con nuestros compañeros nos permite recabar opiniones sobre lo que hacemos, comparar métodos y ser conscientes de nuestros logros.

Sin embargo, la situación cambia un poco con el teletrabajo. “Lejos de la mirada de nuestros compañeros y superiores, no podemos destacar el trabajo que hacemos de la misma forma”, precisa Marilyne Poirieux. Sin embargo, “necesitamos demostrar que hemos trabajado, y sobre todo, que lo hemos hecho ‘bien’. Por lo tanto, pasamos horas delante del ordenador para sentirnos menos culpables, pero el problema es que esta no es la solución adecuada”.

El aumento del teletrabajo también ha difuminado la frontera entre la vida profesional y personal. Hoy en día, gracias al ordenador, es posible sumergirse en el trabajo a cualquier hora del día (o de la noche), abrir los correos de la oficina durante el fin de semana y, debido a la falta de un marco profesional bien definido, a veces puede resultar difícil desconectar, lo que lleva a una práctica informal del teletrabajo, en condiciones que no están definidas en el contrato laboral”. Según la Guía del Mercado Laboral 2021 publicada por Hays (empresa internacional de contratación y recursos humanos), el 54% de los españoles afirma trabajar más horas y el 58% lo atribuye al teletrabajo. “Con las nuevas tecnologías, el trabajo nunca se termina realmente”, concluye Bénédicte Berthe.

¿Quién no se ha sentido culpable al final del día al darse cuenta de que no ha podido tachar todo lo previsto en su lista de tareas? ¿Cuántas personas, sobre todo en esta época de teletrabajo, no han trabajado hasta tarde para terminar un “proyecto urgente” que no podían aplazar? Lo que estas situaciones tienen en común es esa vocecita interior que nos empuja a querer acabarlo todo e incluso hacer más, cueste lo que cueste. Y el sentimiento de culpa que experimentamos si ignoramos esta vocecita. Este sentimiento, que muchos empleados conocen, nos convence de que no estamos haciendo lo suficiente y nos lleva a dedicarnos cada vez más al trabajo, hasta el punto de olvidarnos de nosotros mismos. Pero, ¿cuáles son las causas de esta carrera por la productividad? ¿Existe alguna forma de escapar de la presión, o como mínimo lidiar con ella, de una forma saludable para no acabar pagando las consecuencias?

Algunos consejos para dejar de sentirte culpable

1. Consulta de vez en cuando la descripción de tu puesto

¿A partir de qué momento puedes considerar que has cumplido con las condiciones de tu contrato? Durante la entrevista de empleo, la empresa suele dar una descripción del puesto, la cual indica el conjunto de tareas que debes realizar. Aunque estas pueden cambiar con el tiempo, tener un recordatorio escrito de cuáles son tus obligaciones principales puede darte un marco de referencia para determinar si estás cumpliendo con tus tareas o debes poner más de tu parte.

2. Prioriza tus tareas

¿Te parece que no haces lo suficiente? ¿Qué tal si, para empezar, haces las cosas en orden? Para ello, te recomendamos el método Eisenhower, muy eficaz para gestionar tu tiempo. Te permite clasificar el trabajo que debes realizar según un orden concreto de prioridades en el se separan las tareas en función de si son “importantes, “urgentes” (es decir, aquellas que debes completar en primer lugar), “no importantes” o “no urgentes” (aquellas que puedes posponer). Este método proviene de una frase pronunciada por el antiguo presidente de Estados Unidos Eisenhower: “Lo importante casi nunca es urgente, y lo que es urgente casi nunca es importante”. Una idea para reflexionar.

3. Acepta que no siempre puedes controlarlo todo

Con la crisis actual y la desaceleración internacional de la economía (en España, el PIB cayó casi un 11% en 2020), es ilógico mantener las mismas exigencias que en circunstancias normales. Los resultados de tu empresa del año pasado serán seguramente diferentes a los de este año, pero eso no depende de ti. Ver las cosas con perspectiva puede resultar más difícil de lo que parece en este contexto. Marilyne Poirieux cuenta el caso de una de sus pacientes que tiene la sensación de no estar generando un buen rendimiento en el trabajo. “Cada semana, su ordenador genera unas estadísticas y ella se basa en ese resultado para calcular lo que le hace ‘perder’ a la empresa. Pero esas pérdidas no son consecuencia de su trabajo”. Más claro que el agua.

4. Haz pausas: forma parte de tu trabajo

No siempre percibimos el fruto de nuestro esfuerzo de la misma forma, pues este varía en función de nuestra profesión. Por ejemplo, un panadero que hace baguettes puede visualizar el producto de su trabajo de forma bastante directa, mientras que un responsable de marketing que busca una nueva idea no necesariamente la conseguirá de golpe. Todo lo contrario, deberá reflexionar, leer, hacer pausas y, de este modo, la idea se irá desarrollando: en este caso, el trabajo es interno y el esfuerzo no siempre es observable ni cuantificable. Según Bénédicte Berthe, “no es posible realizar un trabajo intelectual por encargo. El cerebro humano necesita hacer pausas para ser productivo. Es por eso que en Google tienen tumbonas y mesas de ping pong para los empleados, porque la inteligencia funciona de forma muy particular”. Así pues, hacer pausas te permite mantener la productividad. ¿Quién lo hubiera dicho?

5. Busca la satisfacción en otros ámbitos

A menudo, la falta de satisfacción en el ámbito afectivo puede llevar a un sobresfuerzo profesional y a una mayor tendencia a sentirte culpable por motivos relacionados con el trabajo. “Cuando no conseguimos satisfacción en el ámbito afectivo, el trabajo se convierte en el único lugar en el que podemos sentirnos realizados. Las personas que se dedican excesivamente al trabajo suelen ser aquellas que viven solas o para las que la vida gira en torno al trabajo”. La psicóloga recomienda a estas personas que se dediquen más “a otros aspectos de su vida, como sus amigos, pasiones u otras actividades”, con el fin de desconectar del trabajo.

Por último, no todos experimentamos el sentimiento de culpa en el trabajo de la misma forma. Algunas personas consideran que la presión por ser productivas es algo positivo, una especie de motor de superación personal. Nuestra historia concreta, educación y valores desempeñan un papel muy importante. “Tomar consciencia, cuestionar y no dejarnos someter automáticamente a la presión forma parte de nuestra responsabilidad como hombres y mujeres libres”, destaca Bénédicte Berthe. Así pues, es necesario saber dónde poner el límite. Si te sientes constantemente culpable por no hacer más y esto afecta a tu salud o vida familiar, quizás sea hora de reorganizar tus prioridades, pero el simple hecho de tomar conciencia de la situación ya será un primer paso importantísimo.

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